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    Bodas & Celebraciones23 de agosto de 20266 min de lectura

    Monólogos en bodas: cuándo funcionan, cuándo no y cómo organizarlos

    Marcos Félix · Rolling Bufón

    Incluir un monólogo en una boda puede ser una idea estupenda.

    También puede acabar convirtiéndose en veinte minutos en los que el cómico habla, una mesa escucha, otra sigue con el vino y un camarero cruza por delante justo cuando llega el remate.

    El problema no es que una boda sea un mal lugar para la comedia.

    El problema suele ser cuándo, dónde y en qué condiciones intentamos hacerla.

    Después de actuar en bodas y celebraciones de todo tipo, hay algo que prefiero explicar antes de aceptar una actuación: para que un monólogo tenga buenas posibilidades de funcionar necesitamos conseguir que, durante un rato, muchas personas distintas se conviertan en un único público.

    Y en una boda eso no siempre viene de serie.

    La referencia ideal: durante unos minutos, intentar parecerse a un teatro

    Un teatro —o incluso un cine— ofrece casi sin que nos demos cuenta muchas de las condiciones ideales para disfrutar de un espectáculo.

    El público mira hacia el mismo sitio.

    Puede ver y escuchar bien.

    No hay camareros pasando entre las butacas.

    No hay grupos manteniendo conversaciones diferentes.

    Y casi todo lo que rodea al espectador le está diciendo una cosa: ahora toca prestar atención a lo que sucede delante.

    No pretendo convertir el salón de una boda en el Teatro Real.

    Pero cuanto más podamos acercarnos durante unos minutos a esas condiciones, más posibilidades tendrá el monólogo de funcionar.

    En comedia esto es especialmente importante porque el stand-up es muy sensible a las pérdidas de atención.

    Para entender un chiste tienes que escuchar la premisa, seguir lo que se está contando y llegar al remate.

    Si en mitad de ese recorrido te distraes porque alguien se levanta, pasa un camarero o el de enfrente empieza a hablarte, puedes llegar al final del chiste sin saber muy bien de qué demonios se está riendo el resto.

    Y recuperar esa atención cuesta bastante más que perderla.

    La ceremonia y el banquete son dos situaciones completamente distintas

    Durante una ceremonia de boda suele existir algo fundamental: atención compartida.

    Los invitados están sentados o agrupados mirando hacia un mismo punto.

    Saben que está ocurriendo algo que deben escuchar y las conversaciones paralelas disminuyen.

    Puede haber personas de pie o distribuciones distintas, pero la propia ceremonia ya crea un foco común.

    Otra cosa completamente diferente es intentar hacer un monólogo durante el cóctel, el banquete o los postres.

    Ahí empiezan las dificultades.

    Si quieres humor en tu boda, la ceremonia suele ser el mejor momento

    Si una pareja quiere introducir humor en su boda, mi primera opción suele ser la ceremonia.

    No porque una ceremonia tenga que convertirse en un espectáculo de comedia. Puede seguir siendo romántica, emotiva, solemne o todo lo seria que quieran los novios.

    Pero precisamente porque existe ese contexto más formal, introducir humor en momentos concretos puede funcionar especialmente bien.

    Los invitados ya están sentados o agrupados, miran hacia un mismo lugar, respetan lo que sucede delante y existe una atención compartida.

    Es decir: buena parte de las condiciones que después intentamos fabricar durante un banquete ya vienen incorporadas de serie.

    Y el contraste también ayuda. Cuando todo tiene un tono ceremonioso, una aparición inesperada del humor puede generar una reacción especialmente agradecida.

    Puede tratarse simplemente de pequeñas pinceladas cómicas integradas en una ceremonia emotiva o, si la pareja lo quiere, de un bloque con más presencia dedicado al humor.

    Además, en una boda el material personalizado tiene una ventaja evidente: los novios están delante y buena parte del público conoce su historia, sus costumbres, sus anécdotas o a las personas de las que se está hablando.

    No necesitas convencer al público para que se interese por el tema.

    El tema ya está sentado delante de ellos vestido de novio y de novia.

    Por eso, cuando el humor habla de referencias compartidas por los asistentes, puede resultar especialmente fácil conseguir atención, reconocimiento y complicidad.

    La ceremonia puede seguir emocionando.

    El humor no tiene por qué sustituir esa emoción.

    Puede convivir con ella.

    A veces, de hecho, pasar de una emoción a otra es precisamente lo que hace que ambas se sientan más.

    El cóctel: cuando el cómico se convierte en una televisión encendida en un bar

    Durante un cóctel la gente está de pie, se mueve, forma pequeños grupos y mantiene conversaciones simultáneas.

    El que quiere escuchar puede hacerlo.

    El que no, continúa hablando.

    Y eso provoca que el espectáculo compita constantemente con muchas conversaciones que ya estaban funcionando antes de que apareciera el cómico.

    Puede ocurrir algo parecido a tener una televisión encendida en un bar: unas personas la miran, otras prestan atención de vez en cuando y otras continúan hablando como si aquello formara parte de la decoración.

    Para el stand-up es una situación complicada porque cuesta muchísimo conseguir uno de los grandes aliados de la comedia: la risa colectiva y contagiosa.

    El banquete: en lugar de un público puedes tener quince

    Durante el banquete los invitados suelen estar repartidos en mesas.

    Algunos miran directamente hacia el lugar de la actuación.

    Otros están de lado.

    Otros prácticamente de espaldas.

    Y cada mesa tiene además su propia conversación, su propio ritmo y su propio pequeño mundo.

    En lugar de tener un único público puedes terminar actuando delante de quince pequeños públicos haciendo cosas diferentes.

    Un banquete tiene además un problema de partida bastante sencillo: los invitados no están esperando que alguien los entretenga.

    Ya están entretenidos.

    Han ido a comer, beber, hablar con familiares y amigos, reencontrarse con personas que quizá llevan años sin ver y disfrutar de su mesa.

    Nadie suele estar comiendo el segundo plato pensando:

    «Esto está muy bien, pero echo de menos un espectáculo.»

    Añadir una actuación en ese momento significa pedir a todo el salón que deje temporalmente de hacer aquello para lo que estaba pensado el banquete y empiece a prestar atención a otra cosa.

    No es imposible.

    Pero hay que crear de forma muy clara ese cambio de situación.

    Si no se consigue, el monologuista puede acabar funcionando como una televisión encendida en un bar: está ahí, algunos miran, otros escuchan a ratos y muchos continúan con lo que ya estaban haciendo.

    Por eso el problema no es únicamente técnico.

    También es de intención.

    Cada cosa tiene su momento.

    Del mismo modo que nadie entraría en mitad de un espectáculo de stand-up diciendo:

    «Parad un momento, que vamos a servir aquí un banquete»,

    tampoco deberíamos asumir que cualquier momento del banquete está esperando que aparezca un espectáculo.

    Hay otro problema: en las mesas los invitados se ven las caras

    Esto parece un detalle menor, pero no lo es.

    En un patio de butacas estamos rodeados de personas, pero normalmente no vemos sus caras.

    Oímos cómo se ríen y esa risa puede contagiarnos, pero nuestro campo visual sigue concentrado en el escenario.

    No estamos pendientes de las expresiones, los movimientos o las reacciones de quien tenemos delante.

    En una mesa redonda sucede justo lo contrario.

    Ves continuamente a las personas de tu mesa, a quienes están en otras mesas, al que se levanta, al camarero que pasa y a cualquiera que se mueva alrededor.

    Y cada uno de esos movimientos puede competir durante unos segundos con lo que ocurre en el escenario.

    Además, algunas personas se sienten más cohibidas al reírse a carcajadas cuando tienen a alguien justo enfrente observando su reacción.

    Una persona riéndose puede contagiarte.

    Pero también puede ocurrir lo contrario: si la persona que tienes delante permanece seria, habla con otra o está completamente desconectada, eso puede influir en tu propia reacción.

    En el teatro escuchas las risas de los demás.

    En un banquete, además, estás viendo todo lo demás que hacen.

    El restaurante también tiene su propio espectáculo

    A todo esto hay que añadir el funcionamiento normal del restaurante o espacio de celebración.

    El personal necesita retirar platos, servir los siguientes y cumplir unos tiempos.

    Es perfectamente lógico.

    El problema aparece cuando el espectáculo intenta convivir con ese servicio.

    Mientras el monologuista intenta captar la atención, hay camareros pasando, bandejas entrando, invitados apartándose para dejar sitio y conversaciones que vuelven a arrancar cada vez que sucede algo en una mesa.

    Por eso, si se quiere hacer un monólogo durante el banquete, recomiendo hablar previamente con el restaurante y reservar claramente un momento para el espectáculo.

    Si durante la actuación se puede detener temporalmente el servicio de platos y reducir al máximo el movimiento, mucho mejor.

    El cómico ya tiene suficiente trabajo intentando hacer gracia.

    No necesita competir también contra una bandeja de solomillo.

    Hacer reír a alguien mientras está comiendo tiene ciertos inconvenientes

    Hay además un detalle bastante evidente que a veces se nos escapa:

    durante un banquete la gente está comiendo.

    Tiene las manos ocupadas con los cubiertos.

    Está hablando con las personas de su mesa.

    Y, con suerte, está masticando.

    No es precisamente la posición natural para aplaudir.

    Ni tampoco para soltar una carcajada.

    De hecho, intentar hacer reír a alguien mientras tiene comida en la boca tiene cierto componente de deporte de riesgo.

    La intención era animar la boda.

    No terminar preguntando precipitadamente:

    «¿Hay algún médico en la sala?»

    ¿Y los postres?

    A primera vista pueden parecer el momento perfecto.

    La comida está terminando y todo el mundo parece más relajado.

    El problema es que, precisamente entonces, también comienza la dispersión.

    Después de varias horas de celebración hay invitados que se levantan, cambian de mesa, van al baño, hablan con otras personas o empiezan a pensar seriamente en la barra libre.

    Y algunos ya han bebido lo suficiente como para tener un proyecto personal completamente diferente para el resto de la noche.

    Por eso hacer el espectáculo al final del banquete puede funcionar si antes de que empiece esa dispersión se crea claramente un momento específico para el monólogo.

    Que la comida haya terminado no significa automáticamente que el público esté preparado para escuchar.

    ¿Y al principio del banquete?

    También puede ser una opción interesante.

    Los invitados acaban de sentarse, todavía hay cierta organización común y aún no están comiendo.

    En ese momento puede resultar más sencillo captar la atención general de las mesas.

    Especialmente si hablamos de un monólogo personalizado sobre los novios, su historia, familiares o invitados, porque el contenido resulta inmediatamente reconocible para buena parte del público.

    Pero incluso entonces hay que coordinar el momento con el restaurante.

    El objetivo sigue siendo el mismo: durante esos minutos no debería estar ocurriendo otra cosa que compita directamente con el espectáculo.

    La distracción también se contagia

    Cuando alguien se levanta, otras personas lo miran.

    Cuando aparece un ruido, varias cabezas se giran.

    Cuando un camarero atraviesa una mesa, el movimiento llama la atención.

    Y cuando algunas personas empiezan a hablar, otras pueden terminar haciendo lo mismo.

    El efecto puede propagarse.

    También lo percibe el monologuista.

    Un cómico no está simplemente emitiendo frases desde un escenario. Está intentando comunicarse con personas concretas.

    Es parecido a contarle algo a alguien que, mientras hablas, empieza a mirar el móvil.

    Cuesta mucho mantener la misma energía y las mismas ganas de divertir a una persona que claramente no está prestando atención.

    Por eso cuidar las condiciones no protege únicamente al artista.

    Protege también la experiencia del público.

    La risa funciona mejor cuando el público se convierte en una unidad

    Una de las cosas bonitas de ver comedia en directo es que la risa se contagia.

    No reaccionamos exactamente igual viendo un espectáculo solos que rodeados de otras personas que están disfrutándolo.

    Pasa algo parecido con una película.

    Puedes ver exactamente la misma película en casa o en un cine lleno y vivir dos experiencias bastante diferentes.

    Con el stand-up ocurre lo mismo.

    Cuando muchas personas prestan atención al mismo tiempo y reaccionan juntas, aparece una sensación colectiva difícil de conseguir si cada mesa está viviendo su propia celebración.

    Por eso buena parte de la organización consiste en conseguir algo aparentemente sencillo:

    que durante veinte, treinta o cuarenta minutos haya un solo público.

    ¿Dónde colocar al monologuista durante el banquete?

    Si el espectáculo tiene que hacerse dentro del salón del banquete, mi primera opción suele ser colocar al cómico delante de la mesa de los novios.

    Normalmente es el punto hacia el que los invitados ya están acostumbrados a dirigir su atención.

    Eso ayuda a crear una referencia visual común.

    Habrá que valorar además la distribución concreta del salón, la visibilidad y el equipo de sonido.

    Lo que intentaría evitar es colocar al artista en un lugar lateral, escondido o donde buena parte de los invitados tenga que girarse constantemente para verlo.

    Entonces, ¿un monólogo durante un banquete no puede funcionar?

    Sí puede funcionar.

    He vivido alguna boda en la que ha funcionado muy bien.

    En una de ellas, por ejemplo, surgió bastante interacción con los invitados y el propio contexto terminó incorporándose al espectáculo.

    Pero una cosa es que pueda funcionar y otra que parta de las mejores condiciones.

    El cóctel, las mesas dispersas, el servicio de comidas, las conversaciones y la movilidad de los invitados añaden dificultades.

    Mi trabajo también consiste en detectar esas dificultades antes del evento y explicar honestamente cómo podemos reducirlas.

    Cuándo recomiendo hacerlo

    A modo de resumen y criterio general:

    Si el objetivo es integrar humor con complicidad dentro de la propia boda, la ceremonia suele ofrecer las condiciones más favorables de partida, porque la atención compartida y el respeto escénico ya vienen creados de serie.

    Si lo que se busca es un espectáculo independiente durante el banquete, es imprescindible reservar un momento específico y coordinado con el espacio, evitando que el monólogo coincida con el servicio de platos, la comida activa, las conversaciones de mesa o la dispersión de los postres.

    Durante ese rato:

    • El servicio de comida debería estar detenido o reducido al mínimo.
    • Los invitados deberían saber claramente que comienza una actuación.
    • Tendría que existir un punto común hacia el que dirigir la atención.
    • El sonido debería llegar correctamente a todos sin competir con ruidos de sala.
    • Debería reducirse el movimiento de personas y camareros.
    • Y las conversaciones paralelas deberían tener motivos para detenerse.

    Tanto el inicio del banquete (antes de empezar a comer) como el final de la comida (antes de que empiece la dispersión) pueden valorarse según el caso, siempre que garanticemos esa pausa de servicio y ese foco de atención común.

    No hace falta convertir el salón de bodas en un teatro.

    Pero durante el monólogo conviene conseguir que se comporte un poco como uno.

    A veces la mejor decisión es cambiar el momento

    Cuando alguien me propone incluir un monólogo en una boda, antes de aceptar prefiero saber dónde será, en qué momento, cómo estará distribuido el público y qué estará haciendo el restaurante mientras actúo.

    No porque necesite condiciones de estrella del rock.

    Para hacer stand-up sigo necesitando básicamente un micrófono, un público y cierta cantidad de dignidad.

    Lo pregunto porque después de años actuando he aprendido que cambiar el momento o la disposición del espectáculo puede ser mucho más importante que cambiar veinte chistes.

    Prefiero hablarlo antes y buscar una solución que llegar el día de la boda y descubrir entre todos que el verdadero cabeza de cartel era el camarero pasando con el segundo plato.

    Comedia de encargo · Rolling Bufón

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